Hasta hace poco, varias horas de mi jornada laboral se consumían en
sesiones de consejos, confesiones y terapias.
Las daba, no las recibía. Pero no –no es albur-- no soy psicóloga.
Por mi mesa de trabajo desfilaban reporteros extenuados, fastidiados o
confusos; editores extenuados, hartos o a punto de estallar; diseñadores
extenuados, vacíos o a un tris del colapso. (A menudo todo junto).
Pero no es eso lo que quiero confesar. El hecho ineludible es que soy
periodista.
En 1986, mi primera nota la escribí en una vieja Olivetti gris. La
redacción del Diario de Nuevo Laredo estaba equipada con un buen número de
ellas.
Al año siguiente –la escalada digital para México-, mi máquina de
escribir era, ni más ni menos, que una IBM.
Los dedos se desplazaban suavemente sobre un teclado silencioso y más veloz.
A los periódicos llegaban, casi al mismo tiempo que yo, los ordenadores.
A finales de 1987 y hasta antes de 1993, mis desplazamientos geográficos
me dieron a elegir (un salto atrás), entre Olivettis negras y Olympias de un hermoso
color blanco y su punto naranja.
El tiempo pasó volando y, de pronto, una periodista que lo mismo era
capaz de dirigir, guiar, corregir y editar textos de economía, policiacos,
culturales, de transporte e infraestructura, que política o, ¡válgame San Steve
Jobs!, de ciencia, cayó en cuenta de que es una analfabeta digital.
Ahora mismo soy una periodista fuera de línea. Sí, off line.

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